Hay historias que merecen ser contadas y otras que no, pero se las cuenta igual. Esta es una de esas.
En esta sociedad donde todo el mundo tiene auto, yo y mi bolsillo aún disfrutamos de los viajes en colectivo. Algunos lo asocian a la palabra estrés.Sin embargo, lejos de lo que muchos piensan, ese suele ser mi momento personal de relax. Disfruto de una buena lectura, de la música que me gusta en los auriculares y sobre todo de observar a los compañeros ocasionales de viaje.
Hoy, después del break del mediodía, me embarqué camino al trabajo en el "bondi". Abandoné la lectura que recién había comenzado, cuando me llamó la atención un tipo que subió, sin pagar pasaje. Sin pedir permiso.
Pantalón bahiano, remera ancha con alguna inscripción rastafari. Zapatillas gastadas. Morral. Pelo rubio, largo, sin nada que envidiarle al Polaco Bastía. Empuñó la guitarra que tenía cruzada en la espalda y comenzó a entonar con voz impostada: " Vuelve a cantar el coyuyo, después de un año sin huella. Vuelve a renacer el grito marrón de la chacarera". Con una voz radial se auto presentó y prosiguió:"Voy a cantar Cachito, campeón de Corrientes".
La guitarra ya no volvió a sonar. Directamente habló al son de las grandes manos del músico. Cuando tocó el último acorde no cosechó aplausos. Los aplausos son para los que dicen ser artistas. Él recibió sonrisas, como las merecen los vendedores de ilusiones. Después, se perdió por alguna intersección del Bajo.
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