miércoles, 9 de julio de 2014

Historia de los Mundiales

Algunas personas dudan de mi memoria, aunque si hay algo que no me falla es eso, algunos otros pueden dar fe.  Mi cabeza guarda una imagen, con la que descubrí el fútbol. Habré tenido tres años y  una gripe de esas que contagian. Mi papá vino, se acostó al lado mío. Encendió la tele y ahí estaba el equipo Argentino cantando el himno en EEUU. No me acuerdo más.
Francia 98 fue como un juego. En aquella época poco entendía de fútbol, reglamento, y asuntos técnicos. Fui a colegio de monjas desde jardín hasta quinto año. El partido con Inglaterra fue el paradigmático de esa copa. Una monjita tintirilla nos había enseñado el cantito: "Oh María, Oh María veni pronto a nuestra tierra, y protégenos el arco de los goles de Inglaterra". Pinturitas en la cara, los gritos por Batistuta sin saber quién era, la pegadiza canción de Ricky Martín y camisetas por doquier. De la tristeza de quedar afuera, no supe nada.
Sinceramente, Corea-Japón fue un dolor de todo. Desvelo por aquí, ojeras por allá, pasó sin pena ni gloria por mi vida. Sólo recuerdo a mi papá, triste por la vuelta a casa y una imagen de Sorín tirado en el campo de juego. La  historia no acaba aquí. Tengo viva, la imagen de Ronaldo levantando la Copa.
Alemania fue el quiebre.  Me agarró adolescente y en la etapa de transición.  Fue el clic donde supe que quería hacer del deporte, del periodismo, mi vida. Horas y horas de programación deportiva, amores futboleros y lecturas mundialistas por doquier. La histórica goleada frente a Serbia, en la misma pantalla que Inglaterra en el 98, en el mismo colegio, pero ya sin la monja del cantito. Todavía conservo la bandera de ese día. En octavos me abracé con mi papá a gritar el gol de Maxi. Después, vi sola el partido cuando los alemanes nos mandaron a la casa, y lloré. Fue una de las pocas veces que lloré por fútbol.
Sudáfrica me encontró estudiando, escribiendo, más madura, viendo el fútbol desde otro lado. Me acuerdo que hicimos una revista que se llamaba "La Pelota no se mancha", en honor al Diego. Con mis amigas de toda la vida, las mismas con las que vimos el partido de Inglaterra en el 98  y cantamos con la monja, con las que gritamos la goleada a Serbia, nos juntamos frente a Alemania, para romper el maleficio. Pero pesó más la historia y nos encontró  a las tres en un sillón, desplomadas, en silencio frente a la tele, abrazadas a un osito celeste y blanco. De más está decir que ahogamos las penas en el alcohol.

Esta vez, quiero sentir que las cosas son distintas y llorar de felicidad. Por ahora ya lo son. Falta un pasito. Aunque sea a la distancia me gustaría que se me ponga la piel de gallina otra vez escuchando a los dichosos que pueden cantar el himno allá en la tierrra verdeamarela. Ojalá el dios de la número cinco nos de la dicha de levantar la copa.  Ya rompí las cábalas, ya grité los goles con mi papá y ya escribí la alegría de los triunfos. Ahora, quisiera escribir la alegría de salir campeones.  

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