Algunas personas
dudan de mi memoria, aunque si hay algo que no me falla es eso, algunos otros
pueden dar fe. Mi cabeza guarda una
imagen, con la que descubrí el fútbol. Habré tenido tres años y una gripe de esas que contagian. Mi papá vino,
se acostó al lado mío. Encendió la tele y ahí estaba el equipo Argentino
cantando el himno en EEUU. No me acuerdo más.
Francia 98 fue
como un juego. En aquella época poco entendía de fútbol, reglamento, y asuntos
técnicos. Fui a colegio de monjas desde jardín hasta quinto año. El partido
con Inglaterra fue el paradigmático de esa copa. Una monjita tintirilla nos
había enseñado el cantito: "Oh María, Oh María veni pronto a nuestra
tierra, y protégenos el arco de los goles de Inglaterra". Pinturitas en la cara,
los gritos por Batistuta sin saber quién era, la pegadiza canción de Ricky
Martín y camisetas por doquier. De la tristeza de quedar afuera, no supe nada.
Sinceramente,
Corea-Japón fue un dolor de todo. Desvelo por aquí, ojeras por allá, pasó sin
pena ni gloria por mi vida. Sólo recuerdo a mi papá, triste por la vuelta a
casa y una imagen de Sorín tirado en el campo de juego. La historia
no acaba aquí. Tengo viva, la imagen de Ronaldo levantando la Copa.
Alemania fue el
quiebre. Me agarró adolescente y en la
etapa de transición. Fue el clic donde
supe que quería hacer del deporte, del periodismo, mi vida. Horas y horas de
programación deportiva, amores futboleros y lecturas mundialistas por doquier.
La histórica goleada frente a Serbia, en la misma pantalla que Inglaterra en el
98, en el mismo colegio, pero ya sin la monja del cantito. Todavía conservo la
bandera de ese día. En octavos me abracé con mi papá a gritar el gol de Maxi.
Después, vi sola el partido cuando los alemanes nos mandaron a la casa, y
lloré. Fue una de las pocas veces que lloré por fútbol.
Sudáfrica me
encontró estudiando, escribiendo, más madura, viendo el fútbol desde otro lado.
Me acuerdo que hicimos una revista que se llamaba "La Pelota no se
mancha", en honor al Diego. Con mis amigas de toda la vida, las mismas con
las que vimos el partido de Inglaterra en el 98 y cantamos con la monja, con las que gritamos la
goleada a Serbia, nos juntamos frente a Alemania, para romper el maleficio.
Pero pesó más la historia y nos encontró a las tres en un sillón, desplomadas, en
silencio frente a la tele, abrazadas a un osito celeste y blanco. De más está
decir que ahogamos las penas en el alcohol.
Esta vez, quiero
sentir que las cosas son distintas y llorar de felicidad. Por ahora ya lo son.
Falta un pasito. Aunque sea a la distancia me gustaría que se me ponga la piel
de gallina otra vez escuchando a los dichosos que pueden cantar el himno allá
en la tierrra verdeamarela. Ojalá el dios de la número cinco nos de la dicha de levantar la copa. Ya rompí las cábalas, ya
grité los goles con mi papá y ya escribí la alegría de los triunfos. Ahora,
quisiera escribir la alegría de salir campeones.
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