“Y no dice nada, no se escucha
nada, le cerramos el culo a todas las hinchadas”, suena de fondo mientras uno
camina al interior del estadio. A lo largo del pasillo imaginario que se hace
entre la tribuna y el alambrado varias motos se estacionan. El sonido se hace
más ensordecedor a medida que uno se acerca a la tribuna. Los cánticos son
entonados por un grupo de doscientos jóvenes,
que en promedio no pasan los veinte años. Saltan acomparsados, como un corazón que bombea sangre. Esas
voces roncas de tanto gritar y ásperas por el fernet que circula en la
ronda suenan en Villa Alem.
En uno de los cuadrantes de la
barriada de la zona sur se emplaza el club Tucumán Central, nacido, a la sombra
de los trenes. Porque al fin y al cabo donde hubo trenes hubo ingleses y de su
mano llegó la redonda. Los tucumanos que
fueron niños por aquellos años, fueron criados a la sombra del futbol, o del "fúlbo".
Bien a lo criollo. Así, como el galopante sonido del ferrocarril sobre las
vías, golpean el bombo los jóvenes. Los barras. Porque al fin y al cabo son
eso.
Son las cuatro de la tarde y el
otoño en Tucumán es especial. Los más audaces se animan a la manga corta, los
cobardes abrigan los brazos con una campera de “alita i’mosca” como se dice por
aquí en el norte. El sol, dispone al corazón y al paladar a engalanarse con las masas
siesteras hechas de merengue y una especie de hojaldre barato. O porque no, a
deleitarse pelando mandarinas al sol, aunque todavía no es época.
La terna arbitral sale a la cancha enfundada en un parpadeante y enceguecedor amarillo.
Es el inicio. Se inaugura la liga Tucumana 2014. Tucumán Central, el rojo de
Villa Alem recibe a Unión Aconquija, el equipo de Yerba Buena -una de las zonas
residenciales de la capital- que mezcla
pobres, ricos, católicos y judíos detrás de un solo objetivo: la redonda, la
caprichosa.
Mientras tanto, en una de las
tres tribunas, quizás la más bonita, se mezclan camisetas de todos los clubes.
Los nuestros y los de afuera. San Martín, Atlético y hasta el mismo
Barcelona. Como todo en esta vida el
fenómeno tiene un porqué. La indumentaria no se vende al por mayor en las
grandes firmas deportivas. Es de macho
salir a la calle con la camiseta del club de sus amores. Nunca se sabe si en el
barrio puede vivir alguno de la contra y
Dios no quiera que ataque ferozmente a los colores. En la Liga no se juega por
los autos de lujo, ni por la plata. Sólo se juega por el honor: del barrio, de
la ciudad, por la pasión de los pueblos del interior. Desde el más grande,
hasta el más chico.
Las otras dos tribunas están vacías.
La central, con estructuras de hierro a
medio hacer, y un techo que quedó trunco y al descubierto refleja el progreso
que algún día se estancó. La del frente, blanca, inmaculada, simplemente vacía,
habla a las claras de que mucha gente dejó
de ir a la cancha, al fútbol de barrio, el de verdadera pasión y sentimiento; en parte desde que la primera categoría se mudó a la
caja boba nacional, en parte por los antecedentes violentos del balonpié
tucumano.
Entre la multitud hay un chico.
Si los cálculos no fallan debe estar estrenando la mayoría de edad. No supera
los ochenta kilos ni tampoco el metro
setenta. Tiene zapatillas de cuero. Bermudas rotas justo a la mitad del muslo,
desde donde se asoma la orilla de su escandaloso bóxer. El pelo ondulado, ni
muy corto ni muy largo, a la medida
justa. La barba está escondida detrás de una piel aún joven y sin
imperfecciones. Lampiños los brazos, las piernas escasamente peludas.
Escuálido. Él alienta agarrado de una tela tensada con los colores del club:
rojo y azul. Prende la bengala que tiñe todas las gradas blancas de rojo y
obliga a los presentes a esconder la boca en sus escotes para evitar
intoxicarse con el humo. Le roba los palillos del redoblante a su camarada en
un desborde repentino, en un asalto a la emoción y golpea el bombo, con furia,
cuando el arco se ve movilizado por el gol del rival. Él putea, como buen
fanático, y en ese insulto no tiene nada que envidiarle al Tano Pasman. Él se
ríe, toma del vaso de fernet comunitario que circula y que se recarga con la
frecuencia con la que pasa el ómnibus.
En el campo de juego, que más que
césped parece un potrero, veintidós hombres corren detrás de una pelota.
Veintitrés si se cuenta al árbitro. Entre esos hombres surgen los más variados
sentimientos. Desde orgullo por jugar en la primera, hasta la preocupación por
un trabajo que quedó pendiente. Sí, eso último. Porque en la liga se juega y se
trabaja. Se entrena a tiempo y contratiempo. Esas manos ajadas, ennegrecidas no
son fruto del entrenamiento, sino producto de levantar paredes, de cortar
troncos, césped, de hornear pan de madrugada. Nadie es amo ni señor, quizás, el
más privilegiado sea un oficinista. Pero
en la liga, así como en la vida se trabaja al día. Ni siquiera son hombres, son
"changuitos", que como los de la tribuna no superan los veinticinco años, treinta como mucho.
Suena el silbato para bajar el
telón a la obra teatral inaugural. Los barras beben el último sorbo de fernet
del improvisado vaso de botella cortada y quemada en los bordes para que no
lastime. En el campo de juego los protagonistas se dan la mano entre rivales,
con desgano y por obligación. Más allá de todo lo que pase fuera del campo de
juego, adentro son rivales. Los equipos se meten en el túnel y lo que sucede
adentro para a ser un misterio desde ese instante y para toda la eternidad. Pues
la charla de vestuario es secreta, como el secreto de confesión de los curas. Desde
el búnker del equipo ganador se escuchan aplausos, "Nene Malo" a todo
lo que da. Desde el local, el perdedor, un silencio sepulcral tiñe la onda
sonora. Tres policías ingresan hasta el círculo central con escudos y
cachiporras. Esa misma fuerza de seguridad que hace menos de seis meses liberó
la ciudad para que sea zaqueada, es la que cuida del fútbol. La que protege a
los árbitros para que no salgan lastimados, porque pase lo que pase, para la
hinchada la culpa siempre será de ellos. Los colaboradores del club rescatan
las pelotas perdidas, no se puede regalar ninguna. No hay presupuesto para comprar más. El campo de
juego finalmente queda vacío, como si nada hubiera pasado.
La tribuna se vacía lentamente:
se van las pocas familias, se retiran los niños bajando con dificultad por las
gradas sin protección. Los barras desatan las telas, guardan los bombos, hacen
silencio, descienden de la tribuna con todos los atavíos alegóricos. Se suben a
las motos estacionadas detrás del alambrado. Las arrancan y se retiran con la
cabeza baja porque han perdido el duelo inicial.
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