Aquella tarde
llovía copiosamente. Laura estaba sentada bajo el gran ventanal de cortinas
rojas que daba al patio de adelante de su pequeño departamento. Tenía una taza
de café en la mano. Al fin y al cabo su vida era eso: café de día, vino blanco
por la noche. Tenía puesto su pijama de
caracoles que tanto le gustaba. Apreciaba los pijamas por sobre todas las
cosas. Los consideraba prendas cómodas y
hogareñas capaces de todo uso. Estaba descalza, pues le gustaba sentir el piso
bajo sus pies.
Laura adoraba la
lectura y creía que los días grises eran propicios para tal propósito. Seguía
paciente y concienzudamente cada línea de un cuento de Borges que la tenía
atrapada, mientras las gotas de lluvia golpeaban con cadencia el vidrio.
De pronto sonó el
teléfono, en una primera instancia Laura hizo como que no oía y siguió
abstraída en la lectura. Sonó dos, sonó tres veces. Laura se levantó del cómodo
puf en el que estaba bajo la ventana levanto el tubo. Soltó la taza de café y la caída manchó su pijama,
el agua de lluvia comenzó a golpear más fuerte el ventanal y de su rostro
comenzaron a caer lágrimas.
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